Tenemos demasiado ruido alrededor y vamos con demasiada prisa.
Es normal que nuestras palabras se tropiecen, no lleguen, se escuchen a medias, se malinterpreten.
Ese es el origen de los malentendidos: no nos escuchamos.
Pocas veces de verdad nos paramos a escuchar a la otra persona, no atendemos realmente a sus palabras. Escuchamos una parte, suponemos el resto y reaccionamos. Creemos que ha querido decir algo pero pocas veces nos detemos a intentar descifrar lo que realmente nos ha querido decir.
La buena noticia es que la causa de los malentendidos es también el origen de la solución: pararse a escuchar. Y desde ahí hay estrategias para desactivar las reacciones, para expresar mejor nuestras necesidades, para averiguar qué quiso decir la otra persona y qué queremos responder. Todo esto se puede aprender, e integrarlo cambia nuestra calidad de vida.
Aprender a solucionar malentendidos es también aprender a marcar los límites de lo que nos hace daño.
Si aprendemos a comunicarnos desde el respeto, estamos más cerca de evitarlos.